No es casual que una cinta uruguaya como puede ser Whisky, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella,
se proyecte en las salas de Madrid, Berlín
o Huelva, al sur de Andalucía -también al sur
de Europa y a miles de kilómetros del lugar
en el que se engendró-. Tampoco lo es
que críticos europeos que ni siquiera tienen
en común con Iberoamérica la forma de comunicarse tengan la oportunidad de juzgar
un largometraje procedente de Latinoamérica,
o que los espectadores de una sala cualquiera puedan conocer el trabajo de los cineastas iberoamericanos. |
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Detrás de este entramado poco cercano a la casualidad se esconden estrategas como Jose María Morales, un productor y distribuidor madrileño capaz de hacer que un proyecto cinematográfico supere
las corrientes del Atlántico y llegue a la gran pantalla, el lugar con el que cualquier director de cine sueña, donde los espectadores pueden llegar a fundirse con cada fotograma. Y que llegue con los honores
de una obra de arte, tal y como merece un trabajo que se ha ido fraguando durante años y en el que todo
un equipo ha entregado cuerpo y alma.
Para Morales, desde hace años, quizás desde antes de que entrara como socio en la compañía Prime Films
o de que fundara Wanda Films (1982) o Wanda Visión (1997), éste ha sido uno de sus principales objetivos: facilitar que una película llegue a los espectadores a los que va dirigida, sin importar la distancia
o cualquier tipo de barrera verbal o cultural. Y lo ha ido consiguiendo, haciendo que películas de Manoel
de Oliveira, Luis Puenzo, Carlos Sorín, Fernando Pérez, Daniel Burman o Arturo Ripstein, entre otros maestros, hayan llegado a la sala en la que, desde las primeras horas del rodaje, debían estar. Por este motivo sin más, y por muchos otros que avalan la trayectoria profesional de José María Morales (Madrid, 1954), la trigésima segunda edición del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, máximo galardón con
el que el certamen onubense reconoce la profesionalidad de la persona que durante años ha sido
el vínculo de la cinematografía iberoamericana con Europa.
Y todo ello en un momento en el que, por fin, se reconoce el talento que desde siempre ha existido al otro lado del Atlántico, en un momento en el que, como dice el flamante Ciudad de Huelva 2006, el cine iberoamericano está de moda. Europa y el mundo miran ahora a iberoamérica después de años,
de décadas, de ignorancia, de indiferencia. Es el momento del cine al que siempre ha dedicado su vida Jose María Morales, el cine al que este Festival está consagrado desde que nació, hace ya 32 años.
A finales de noviembre, el también vicepresidente ejecutivo de la Federación Iberoamericana
de Productores Cinematográficos
y Audiovisuales (FIPCA) volverá al Festival de Cine Iberoamericano
de Huelva, pero no sólo en calidad de distribuidor o productor con alguna de las películas de la Sección Oficial a Concurso como lo ha hecho en tantas ocasiones, trayendo la cinta al festival "a la ventana para su lanzamiento" -como diría el propio Morales-, sino como maestro en el arte de acompañar al largometraje al espacio de exhibición.
Este año será Morales el que sea acompañado, el que centre la atención, el protagonista después de años de fidelidad, de una participación
casi en la sombra, de acompañante de amigos que, como Sancho Gracia, han recibido también la máxima distinción del certamen. De una muestra que, en palabras de Morales, afronta una nueva e ilusionante etapa con un nuevo equipo de dirección que se ha marcado un objetivo, consolidar y relanzar el Iberoamericano, que "ha sido siempre la referencia en España y el mundo del cine iberoamericano".
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